Perú: La cruda realidad de la violencia contra la mujer
En el corazón de los Andes peruanos, en la provincia de Quispicanchi (Cusco), la violencia contra la mujer persiste como una grave violación de los derechos humanos. Más allá de las agresiones físicas, la violencia psicológica se presenta como un flagelo silencioso que mina la autoestima y limita la autonomía de las víctimas.
La última Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (Endes 2024) revela datos impactantes: el 52,5% de las mujeres peruanas entre 15 y 49 años han sufrido violencia por parte de sus parejas. De este porcentaje, la violencia psicológica representa el 48,9%, superando a la física (26,7%) y sexual (5,2%). A pesar de su prevalencia, la violencia psicológica enfrenta obstáculos para ser denunciada y atendida.
Barreras estructurales y silencio
La dependencia económica emerge como un factor clave. En Quispicanchi, el 94% de las mujeres carecen de empleo remunerado, lo que las hace vulnerables y las ata a relaciones abusivas por temor a la falta de recursos. Esta situación, sumada al estigma social y los mitos sobre la salud mental, empuja a las mujeres al silencio, perpetuando el ciclo de violencia.
Organizaciones como Manos Unidas y la Asociación Wayra están trabajando en la recuperación emocional y el liderazgo de mujeres rurales que sufren violencia psicológica. Sus programas combinan atención psicológica, arte y cosmovisión andina para sanar las heridas invisibles y fortalecer la capacidad de las mujeres para tomar el control de sus vidas.
Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer: Un llamado a la acción
En el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, es crucial visibilizar la violencia psicológica y promover acciones que permitan erradicarla. La recuperación psicoemocional de las víctimas es fundamental para romper el ciclo de violencia y construir una sociedad más justa e igualitaria. Según la ONU, 736 millones de mujeres han sufrido violencia física o sexual, pero los datos sobre violencia psicológica son aún más difíciles de rastrear. Es hora de darle voz a este flagelo silencioso y trabajar juntos para construir un futuro libre de violencia para todas las mujeres.